sábado, 31 de enero de 2009

DESPERTAR

El tiempo está cambiando y todos empezamos a notar la presión psicológica de la influencia que este ejerce sobre nosotros. Ayer pude observar algo insólito por la cantidad y frecuencia en la que las parejas se discutían a grito pelado: calle, coche, etc. Los nervios están a flor de piel y la situación en general es cada vez más acuciante, ya no se trata de “otra vuelta de tuerca” parodiando el título del libro de Henry James es que no se para de ejercer presión sobre todos, a diario, sin tregua. Es la propia estabilidad mental la que está en juego y el dinero no podrá en ningún momento apaciguar el estallido de la conciencia.

La oscuridad que hasta ahora hacia gala de su poder está en franco retroceso. Su reinado toca a su fin, sus últimos estertores son fuertes pues ha sido fuerte su reinado y poder alimentado por la codicia, el orgullo, la oscuridad y la individualidad que se ha apoderado de la mente de los individuos. El parto será largo y difícil pues el recién nacido que vendrá surge de la luz, del amor incondicional, de la entrega hacia los otros y esto no se percibe así; el planeta, la humanidad como tal ha pervertido el legado de su permanencia en esta Tierra. Se le confió para dar cobijo y alimento a todos y unos pocos han controlado, dirigido y casi aniquilado el único bien preciado que teníamos y tenemos.

La pobreza no existe solo en nuestra mente, está en nuestros corazones. Somos insensibles al otro porque nos hemos creído que no podemos hacer nada por el prójimo. No queremos saber nada de su sufrimiento, de su dolor, de su vida, nos abruma y molesta su presencia. Se le ve como un alguien que no existe. Nuestra visión se ha oscurecido, no se aguanta ni se soporta nada, todos los valores han sido profanados o destruidos o transformados por el “vale todo”: todo se compra, todo se vende.

Todo el mundo tiene derechos pero no obligaciones.

Demasiada prisa por llegar a ninguna parte. Vivir se ha convertido en una huida hacia adelante basada en el desasosiego galopante. Se ha de ocupar el tiempo en algo para no parar, es como una carrera de obstáculos sin fin, un sprint interminable que solo provoca más y más desasosiego pues no hay final. El objetivo es huir de uno mismo y de todo aquello que nos rodea y que suponga dolor y/o frustración. Es el miedo el que nos guía pues no nos hemos parado a pensar en ningún momento que queremos hacer y si es esta la vida que queremos ya no tan solo para nosotros mismos sino para nuestros hijos. Escapamos para no enfrentarnos al mundo que hemos creado y que creemos que nos satisface, pero ¿Es esto cierto?

No somos capaces de imaginar nada, hemos perdido la mayor fuente de riqueza.








Nuestra capacidad de asombro solo obedece a las catástrofes ajenas y hasta en eso estamos insensibilizados.¿Dónde están nuestros sueños, nuestros anhelos, nuestras esperanzas? Están muertas como nosotros mismos. Simplemente nos dejamos llevar por el devenir de un río que no nos lleva al mar sino a una gran catarata donde nos precipitaremos contra las rocas. No fluimos como el río, no somos el río sino algo ajeno a él que nos lleva quién sabe hacia adónde.

No somos dueños de nuestra vida simplemente creemos vivir, esperando que algo suceda que nos cambie esa vida que aborrecemos mediante un dinero que nos ha de traer la felicidad y eso no existe.

¿En qué momento empezamos a vivir nuestra propia vida? ¿Debemos esperar a morir para darnos cuenta del enorme engaño que ha supuesto nuestra vida? ¿Tenemos que esperar a perder todo lo que tenemos para darnos cuenta de que no tenemos nada más allá de nosotros mismos? Pensamos en futuro o en pasado, jamás en presente. Estamos rebobinando nuestra película, mirando hacia fuera, comentando lo que les sucede a los demás y a nosotros no nos ocurre nunca nada. Son sólo las “desgracias” las que nos hacen abrir los ojos momentáneamente. Las palabras fluyen, los pensamientos fluyen, es un torrente sin fin, una correa que no cesa jamás. Nuestros resortes son los estímulos de todo tipo: visuales, sonoros, olfativos, etc. estamos ocupados constantemente, tremendamente ocupados sin tiempo para nosotros mismos ni para los otros.

¿Hasta cuándo? Se nos acaba el tiempo, no hay más prórrogas. Es tan minúsculo nuestro mundo en comparación al lugar que ocupamos que no nos damos cuenta de que es nuestra mente y forma de pensar y ver la que nos limita. Seres infinitos en cuerpos finitos prisioneros de la forma y del espacio, incapaces de elevar nuestra conciencia porque somos prisioneros de nuestra propia cárcel.